lunes, 19 de septiembre de 2016

Educación y conceptos filosóficos

Publicado en: Fernando Arenas; Karina Nossar,
Patricia Vieras (comps) Miradas sobre educación y cambio,
 IV Jornadas Binacionales de Educación, Rivera (Uruguay),
 2016, pp.17-22

Conceptos filosóficos para el mejoramiento de la

Formación Docente y la Enseñanza Superior
Dr. Augusto Pérez Lindo1


¿Cuáles serían los motivos para afirmar, desde el siglo XXI, que se necesitan teo-rías, enfoques o conceptos filosóficos en la educación? El primer motivo parece ser
la explosión de informaciones y de conocimientos que exige más que nunca perfec-cionar las capacidades selectivas e interpretativas, o sea, las competencias infor-macionales y hermenéuticas. Ningún educador, de cualquier nivel que sea, puede

eludir la necesidad de aprovechar y controlar el océano de informaciones que nos ponen en contacto directo con la producción cientíica de la humanidad global.

A veces un descubrimiento o un avance científico o tecnológico dependen de

nuestra capacidad para encontrar la información disponible y para aprovecharla a partir de un proyecto o de una hipótesis de trabajo. Podríamos arriesgarnos a afir-

mar que potenciando la capacidad de selección y de interpretación de informacio-nes la mayoría de las prácticas pedagógicas podrían dar un salto cualitativo.

Howard Gardner, en su libro “Las cinco mentes del futuro” (2008), sostiene que “La capacidad para reunir información procedente de fuentes dispares en un todo

coherente es hoy en día fundamental.(…) Las fuentes de información son inmensas y dispares, y los individuos reclaman coherencia y unificación” ( p. 72).
Además, agrega en otro párrafo: “Pocos individuos y aún menos instituciones tienen experiencia en inculcar la habilidad de síntesis. Y, para colmo, aún en el caso de que se busque y cultive la síntesis, nos faltan criterios para determinar cuándo se ha alcanzado una síntesis productiva (…)” (Gardner, 2008, p. 73).

Recordemos que cuando se inauguró la Universidad de Berlín en 1807, bajo la influencia de los filósofos alemanes, uno de sus principios era que los profesores

no debían transmitir lo que estaba en los libros, sino preparar a los estudiantes para pensar, para interpretar y para aplicar los conceptos fundamentales en los distintos órdenes disciplinarios. Así surgió el modelo de la universidad para investigar.

El segundo motivo para fortalecer la reflexión filosófica es, al mismo tiempo, clá-sico y actual: la necesidad de justificar o fundamentar epistemológicamente las teo-
rías que presentamos o los saberes disciplinarios desde los cuales sostenemos

esas teorías. Esto vale para las ciencias naturales y para las ciencias sociales. ¿Se trata de un mero requisito academicista?

Todos podemos constatar que los distintos campos disciplinarios se renuevan per-

manentemente. También sabemos que cambian los paradigmas. De manera más radical podemos afirmar que se modiican inclusive las ideas de la “realidad” en la economía o en la psicología, en la física o en la sociología. Si uno tiene responsabili-dades docentes, tiene que plantearse qué grado de consistencia tienen los conceptos que transmite a los alumnos. A veces se podrá constatar que el paradigma que rige un

1    Ph.D. Profesor Titular de Filosofía UBA (1986 – 2006) Profesor del Doctorado en Políticas y Gestión Univer-sitaria, UNTREF, Argentina.




17


Miradas sobre educación y cambio
cierto campo disciplinario se encuentra en crisis. A veces, lo que hay que demostrar es que, entre dos teorías concurrentes, una parece más verosímil o eficiente.

Si nos situamos a nivel de la enseñanza básica, podemos señalar que actual-mente cualquier docente necesita ponerse al día sobre las teorías de la inteligencia,

sobre los avances de las ciencias cognitivas, sobre los criterios de demarcación entre distintas teorías de la educación. O sea, la exigencia de la reflexión epistemo-
lógica se puede encontrar en todos los niveles de la educación.

El tercer motivo que nos lleva a un análisis filosófico es el metodológico. Por un lado, porque debemos especificar las palabras y conceptos que utilizamos. Por otro
lado, porque necesitamos armar un modo de argumentación y de demostración.

Recurrimos entonces a criterios lógicos, lingüísticos, metodológicos. ¿Cuándo un método resulta más pertinente que otro? ¿Por qué elegir una palabra más bien que otra? ¿Cómo refutamos una argumentación o una teoría establecida?

El cuarto motivo por el que necesitamos recurrir a la Filosofía en la formación do-cente es el horizonte transdisciplinario. Podemos limitarnos en Psicología o Socio-logía a observaciones sobre casos individuales, pero todos sabemos que los com-portamientos humanos son transpersonales. Siempre aparece el “otro”, la relación social, la sociedad. Esto también sucede en Medicina, Psiquiatría o Bioquímica: los problemas sanitarios nos llevan a problemas vitales que nos llevan a una visión de la salud. Allí nos encontraremos que está en juego nuestra idea de la “vida”, de la “salud”, de la “normalidad”, de la “totalidad humana”.

Edgar Morin, que en todos sus libros ha tratado de ubicarnos frente a las comple-jidades del cambio de mundo, preparó un informe para la UNESCO sobre “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro” (Morin, 2001). En su primer capí-
tulo destaca las “cegueras del conocimiento” y le achaca a las instituciones educa-tivas el descuidar el estudio del conocimiento humano. Afirma que el “conocimiento
del conocimiento” debería ser la primera preocupación de los sistemas educativos.

Comparto su punto de vista. Si uno de los aspectos fundamentales del proceso educativo es la transmisión de conocimientos, los docentes de todos los niveles debiéramos tener alguna teoría básica sobre los factores y mecanismos que in-

tervienen en la construcción de los conocimientos. Y esto nos remite a la obra de
Piaget, que intentó justamente elaborar una teoría científicamente legitimada sobre los procesos cognitivos.

Desde el punto de vista pedagógico, ningún profesor puede ignorar las teorías del conocimiento porque toda enseñanza supone tener una idea del sujeto del apren-dizaje, de cómo funciona la inteligencia, de cómo se construyen los conceptos y de cómo se legitiman las teorías.

Los problemas contemporáneos se han vuelto más complejos. O, tal vez, ahora descubrimos que ya no podemos pensar el mundo con las categorías unívocas o monocausales del pasado. Los fenómenos educativos involucran hoy cuestiones culturales, sociales, antropológicas, económicas, ecológicas, políticas, psicológi-

cas. En el caso de la violencia escolar concretamente, no podemos tener respues-tas adecuadas si no recurrimos a distintos enfoques. Una actitud filosófica compre-
hensiva puede ayudarnos a entender la complejidad de ese problema.





18


Miradas sobre educación y cambio
Para justiicar la pertinencia de los conceptos filosóficos en la educación deberíamos también interrogarnos sobre la importancia de la reflexión filosófica en el mundo presente. ¿Para qué sirve la Filosofía en el mundo actual? Yo me preguntaría también: ¿Cuál es la preocupación filosófica más importante en el momento que vivimos? No dudaría en contestar que, hoy como ayer, el problema más acuciante es encontrarle un sentido a la vida humana. ¿A dónde vamos? ¿Qué tipo de humanidad queremos lograr hacia el futuro?

Como seres humanos nos distinguimos entre otras cosas por pensar, por realizar acciones de acuerdo a fines, en fin, por crear ideas para definir nuestros compor
tamientos. Hace unos 2.500 años, ciertos pensadores griegos se dieron cuenta de que podíamos encontrar la lógica de nuestras ideas y discursos. Para ese entonces

ya existía en Grecia y en la India una disciplina que luego se denominó “Filosofía”, amor a la sabiduría. Pero los ilósofos Sócrates, Platón y Aristóteles avanzaron ha-

cia una “ciencia de las ideas” que contenía una teoría del conocimiento (Epistemo-logía), un mapa de los conceptos (Lógica), una teoría moral y otras cosas.

¿Por qué razón declinó en los tiempos actuales el análisis de las ideas? En parte porque, con el surgimiento de las ciencias particulares en la era moderna, se creyó

que cada disciplina podía explicar todo, inclusive su propio fundamento. En parte porque se atacó la pretensión ilosóica de encontrar un fundamento o un sentido a todas las cosas. El mundo es lo que es, no necesita otra justiicación. Con esta idea
se declaró la “muerte de Dios” y de la Filosofía.

En el mundo contemporáneo, además, los medios de comunicación social (radio, cine, televisión, diarios, internet) se convirtieron en “formadores de verdades”, en constructores de la “visión del mundo”, de modo que no se necesita otro saber para conocer el sentido de la vida o el estado de las cosas. Todo se volvió instantáneo, fáctico, opinable, efímero. La cultura del espectáculo, de la opinión y de la imagen nos enseña a pensar, a amar, a odiar o a comportarnos. El avance del sinsentido generó en muchas partes actitudes nihilistas, dogmáticas, violentas. Renacieron las guerras religiosas y étnicas.
¿Tiene sentido enseñar Filosofía en las escuelas y en la Universidad? ¿Se jus-tiica dar cursos sobre la teoría del conocimiento, sobre la lógica de las ciencias o sobre el sentido de la vida? En la historia de su evolución, nuestra especie inventó
la Filosofía para crear teorías sobre la naturaleza, sobre la vida o sobre las relacio-

nes sociales. La historia de los últimos cien años muestra que cuando olvidamos el signiicado de las palabras, de las ideas o de los conocimientos involucionamos
hacia estadios primitivos donde vencen los más fuertes o los más inescrupulosos.
La ilosofía tiene que ver con la lucha por darle un sentido a nuestra existencia y a nuestras relaciones sociales. Viktor Frankl, un sobreviviente de los campos de con-centración nazis, dice que lo que caracteriza la existencia humana es la creación de un sentido para vivir y para morir.

En la actualidad, muchas universidades forman médicos, agrónomos, veterinarios u odontólogos que no pueden responder a la pregunta sobre qué es la vida, a pesar de que trabajan con seres vivientes. También se forman físicos, matemáticos o quí-

micos que no tienen idea de qué es la ciencia o de los impactos que las innovaciones cientíicas provocan en el Planeta. Ciencia sin conciencia, especialistas de todas las
disciplinas que no conocen el fundamento de las mismas. Algo contradictorio, porque




19


Miradas sobre educación y cambio
la “educación superior” supone la capacidad para justiicar los saberes que se ense-ñan y se aprenden. Algunos pensadores postmodernos dicen que no debemos inquie-tarnos, que estamos en “la era sin fundamentos”. El mundo es lo que es, y nada más.

Contra estas tendencias surgieron en todas partes alternativas. En el mundo uni-versitario, aparecieron fuertes demandas para reforzar o instalar los estudios huma-nistas, entre los cuales se encuentra la Filosofía (la “general education” en el mundo anglosajón y en universidades asiáticas, los “estudios generales” o los “estudios

básicos” en universidades latinoamericanas). También se ha experimentado exito-samente con la “ilosofía para niños” en Brasil y otros países de América Latina. En

diversas facultades de Ingeniería de Estados Unidos, Francia, Argentina o Israel se analizan problemas ilosóicos vinculados con las innovaciones tecnológicas.

Resulta interesante la experiencia de Brasil respecto a la enseñanza de la Filo-sofía. Durante la Dictadura, la materia fue eliminada del currículo escolar. En 1996,

en democracia, el Artículo 36 de la Lei de Diretrizes e Bases da Educaçao Nacional estableció que todo estudiante deberá dominar los conocimientos de ilosofía y de
sociología necesarios al ejercicio de la ciudadanía. A partir de esta decisión surgie-

ron debates sobre la manera de implementarla. El Consejo Nacional de Educación en 2006 aprobó una resolución recomendando la enseñanza de temas ilosóicos
conforme a las condiciones de cada contexto regional.

En la práctica se entendió que los temas ilosóicos servían para formar el pen-

samiento, para aprender a pensar críticamente. Por otro lado, también se entendió que, junto con la Sociología, la enseñanza ilosóica servía para formar ciudadanía. Lo interesante es que estas inalidades coinciden con las que guiaron la fundación
de la Academia de Platón y del Liceo de Aristóteles en la Grecia Clásica.

Enseñar a pensar críticamente (o sea, con fundamento cientíico) y formar ciuda-

danos conscientes, es decir, responsables como actores de una democracia, siguen siendo justiicaciones válidas para la educación actual en cualquiera de sus niveles.

En todas partes estamos en proceso de construcción de una ciudadanía global, democrática y solidaria.

Enseñé Filosofía durante más de veinte años en el Ciclo Básico Común de la

UBA, donde pude constatar, junto a muchos otros colegas, que los ingresantes pa-decen agudos déicits en sus competencias cognitivas. No aprenden a pensar en la
escuela secundaria (algo que Ivan Illich ya había constatado hacia 1970 en América

Latina). La Universidad necesita reforzar las competencias para aprender a pensar, a interpretar las informaciones, a identiicar las falacias de los distintos discursos

que circulan. En el Ciclo Básico Común se introdujo la materia “Pensamiento Cientí-ico” con temas epistemológicos para los ingresantes de todas las carreras. Los que

se orientan hacia las ciencias humanas y sociales deben, además, tomar un curso de introducción a la Filosofía. Esta experiencia constituye un progreso, pues en la mayoría de las universidades, los estudiantes ingresan directamente al estudio de materias especializadas sin saber siquiera porqué existen las ciencias.

¿Puede un docente ignorar los fundamentos del pensamiento cientíico o las teo-rías que explican el comportamiento humano o el signiicado del cambio del mundo? ¿Puede un graduado de Química ignorar el impacto de las innovaciones tecnoló-gicas y cientíicas sobre el medio ambiente o sobre el sentido de la vida humana?




20


Miradas sobre educación y cambio
¿Puede un economista ignorar la visión de la sociedad o de la cultura y limitarse a manejar las variables de la macro y microeconomía? Todos sabemos que existen

estos profesionales que enseñan sin saber qué es la inteligencia humana, que in-ventan economías sin sociedad, psicologías sin cuerpo humano, odontologías limi-tadas a la dentadura. En algunos casos se ha demostrado que pueden ser letales.

Con distintas posiciones ilosóicas, pensadores como Viktor Frankl, Edgar Mo-

rin, Ilya Prigogine, Mario Bunge, Enrique Dussell, Alain Touraine y muchos otros han sostenido la necesidad de introducir las relexiones ilosóicas en la educación
en general y en particular en las universidades. Todos coinciden en que debemos

reaprender a pensar el mundo, a convivir con los demás, a respetar la naturaleza, a controlar los alcances de las innovaciones cientíicas y tecnológicas. Un mundo sin
pensamiento marcha hacia la irracionalidad y la barbarie. Un mundo sin valores e

ideas compartidas para construir una civilización planetaria nos conduce a un esce-nario catastróico. El calentamiento global amenaza nuestra supervivencia. Pero el
nihilismo social es todavía más amenazante para nuestra convivencia social.

Nos encontramos en un entorno paradojal: por un lado, se han devaluado los es-tudios ilosóicos y por otro lado, las creencias ecologistas, religiosas, étnicas, políti-

cas, éticas o estéticas, están operando en todos los terrenos: en los Estados, en los movimientos sociales, en las tribus juveniles urbanas, en los medios de comunicación

social. Esto revela que el sistema educativo se encuentra desarticulado respecto a la construcción de las visiones del mundo y de la vida. Los temas ilosóicos resultan,

pues, ineludibles en la formación docente y en la enseñanza en general si queremos contribuir a una sociedad futura producto de nuestras experiencias y conocimientos.
A su vez, nos encontramos en medio de una situación contradictoria: nuestra civilización actual es el resultado del progreso tecnológico, cientíico y económico,

pero se encuentra desprovista de la conciencia histórica adecuada para enfrentar la supervivencia hacia el futuro. Sobreabunda la información cientíica, pero faltan

valores para aprovechar satisfactoriamente las tecnologías al servicio del bienestar colectivo. Sobran conocimientos, pero faltan actitudes creativas y solidarias para reconstruir la sociedad.

Una de las consecuencias de la revolución informática que estamos viviendo es que, por un lado, las TIC reemplazarán las funciones de transmisión de información

por parte de los profesores y, por otro lado, obligará a reforzar las competencias re-lexivas de los docentes para enseñar a pensar, a interpretar información, a resolver
problemas, a plantear los dilemas éticos.

En los orígenes de la Filosofía, Budha propuso en la India hace 2500 años que para superar el sufrimiento y alcanzar la felicidad había que educar la mente y el cuerpo. De este modo, seríamos capaces de fundirnos con el orden del universo. Por su parte, Sócrates, por la misma época, proponía que todos los individuos fue-ran capaces de buscar en su propia conciencia las reglas del pensamiento racional para llegar a interiorizar los principios de la verdad, de la belleza y de la justicia.

En la actualidad los docentes necesitan fortalecer sus competencias para pen-sar cientíicamente y para formar actitudes de solidaridad, de cooperación. Estos

son dos cualidades fundamentales para construir una nueva ciudadanía planetaria. La enseñanza de la Filosofía puede ser uno de los medios para cumplir con estos





21


Miradas sobre educación y cambio
propósitos. Lo importante es no olvidar que la Filosofía prepara para comprender el

mundo pero también prepara para aprender a convivir. La educación, desde siem-pre, estuvo comprometida con estos ines. Es lo que tenemos que rescatar.


Referencias bibliográicas


Dussel, E. (2015). Argumentos a favor de la ética de la liberación (discusión con Adela Cortina). En M. Lobosco (Ed.) La antiilosofía en la escuela media y en
la universidad. III Jornadas de Política Educativa en Filosofía. Buenos Aires:

Biblos.
Houssaye, J. (2003) Educación y ilosofía. Buenos Aires: Eudeba

Kohan, W., Lobosco, M. et al (2004). Filosofía: caminhos para seu ensino. Río de Janeiro: DPyA.

Lobosco, M. (coord.) (2013). Políticas educativas en Filosofía. Buenos Aires: Biblos Lobosco, M. (comp.) (2014). El malestar de la ilosofía. Des – ubicación de los dise -
ños curriculares y prácticas sociales. Buenos Aires: Biblos

Morin, E. (2001) Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. Buenos Aires: Nueva Visión.

Pérez Lindo, A. (comp.) (1996). Filosofía y nuevos paradigmas. Buenos Aires: Oici-na de Publicaciones del CBC - UBA, 3 vs.
Pérez Lindo, A. (1998). Nuevos Paradigmas y Cambios en la Conciencia Histórica.

Buenos Aires: Eudeba.
Pérez Lindo, A. (2005) Globalización, ilosofía y educación superior, en: Lobosco, M.
(comp.). Educación, globalización y ilosofía. Buenos Aires: Unesco - Ediciones del Signo.
Pérez Lingo, A. (2012) El mundo en vísperas. Filosofía y consciencia histórica. Bue-

nos Aires: Biblos.
Salmeron, F. (1991) Enseñanza y ilosofía. México: FCE.



sábado, 28 de mayo de 2016

Presentación del Libro "El futuro a debate"







AUGUSTO PEREZ LINDO
UNTREF. 23 de mayo de 2016. 18.30 hs.
PRESENTACIÓN DEL LIBRO “El futuro a debate. Respuestas prospectivas y estratégicas ante la incertidumbre global”, de Tomás Miklos y Margarita Arroyo (coordinadores), Editorial Limusa, México, 2016

Interpretar el presente de resulta arriesgado. Más arriesgado aún es pensar el futuro.  Por eso este libro que presentamos constituye un aporte difícil de encontrar. Tomás Miklos y Margarita Arroyo, coordinadores del libro que hoy presentamos no se acobardaron frente al desafío y reunieron  una serie de especialistas para escribir sobre  teorías, metodologías y experiencias prospectivas.
En Argentina solo conozco un núcleo de estudio sobre prospectiva regional que se encuentra en la Universidad Nacional de Cuyo. En distintas entidades públicas y privadas existen algunas experiencias. Eduardo Balbi, redactor de uno de los capítulos del libro, revisa con espíritu crítico el estado de la cultura prospectiva en América Latina llegando a conclusiones escépticas. Destaca entre otras cosas: “la ausencia de conductas de pensamiento y diseño de infraestructura para lograr una suficiente anticipación estratégica” (p.149) En suma, prevalecen las conducta reactivas que atienden las coyunturas y se descartan las actitudes proactivas, anticipatorias. Todo lo cual conduce inevitablemente a un divorcio entre la toma de decisiones y el planeamiento estratégico.
Balbi nos recuerda una frase de Charles Kettering: debemos preocuparnos por el futuro, pues allí es donde pasaremos el resto de nuestra vida”. Con menos inclinación literaria en el siglo XIX Augusto Comte, creador del positivismo, y Carlos Marx, teórico del comunismo, colocaron la visión prospectiva en el nacimiento de las ciencias sociales. Es a partir de ellos y de Saint-Simon que  las sociedades modernas se reconocen como tales porque afirman que los actores sociales pueden anticipar o planificar procesos que definen su futuro. Esto se convirtió en una de las características de la modernidad.
En la primera parte del libro encontramos varios ensayos sobre teoría y método de la prospectiva. Antonio Concheiro de México nos brinda una visión crítica sobre las posibilidades de la prospectiva. José Mojica de Colombia nos sugiere dejar de padecer el futuro para hacernos cargo de él construyéndolo. En efecto, casi siempre estamos esperando en América Latina el futuro amenazante y rara vez estamos valorando nuestras capacidades para ofrecer respuestas hacia el futuro.
Tal vez por eso tiene sentido la reflexión de Guillermina Buena Paz , de México, al presentar su trabajo: “Pensamiento anticipatorio: el futuro se construye primero en la mente”. En la misma dirección Julio Millán Bojalil, de México, hace una reflexión prospectiva en cuanto a la globalización de las conductas.
Desde España, Enric Bas nos ofrece un método para la innovación social, que enmarca en el concepto de “prospectiva participativa en contexto”.
En la segunda parte otro español, Manuel Martin Serrano, nos propone tres nuevos modos de investigar la visión del mundo. Mario Guilló, también de España, relata un estudio de prospectiva participativa tomando en cuenta las imágenes del futuro de estudiantes de Finlandia, Taiwán y España.
La experiencia del Instituto de Prospectiva, Innovación y Gestión del Conocimiento  presentada por Javier Medina Vázquez y Ana María Jaramillo, ambos de la Universidad del Valle, me parece una de las contribuciones más interesantes porque muestra lo que significa adoptar una visión de futuro cooperando entre la universidad , el Gobierno y las empresas en Colombia. El detalle de los procesos de organización de los proyectos y el análisis de resultados constituyen una guía para las universidades de América Latina que desean emprender estrategias semejantes.
Germán Escorcia en “Economías emergentes y ejes de talento” relato como el PROMÉXICO un organismos del gobierno de México desarrollaron programas para el desarrollo, retención y exportación de talentos. Para diseñar estrategias tuvieron que identificar las tendencias prospectivas en el plano nacional e internacional. ¿Cuáles serán los desafíos hacia el 2050? Explorar la formación de talentos necesarios para abordar el futuro resulta una tarea al mismo apasionante y problemática.
Hay que tener en cuenta el comportamiento de los organismos del Estado y  de las empresas. Hay que contar con las universidades para formar especialistas en temas estratégicos. Y algo de lo que no se suele hablar: como programar la exportación de talentos. La vecindad de México con Estados Unidos hace el flujo de recursos humanos forme parte de la economía y de la realidad social. Pero en otras escalas todos los países latinoamericanos padecen el “brain-drain” y la emigración de talentos. El trabajo de Germán Escorcia explora también el desarrollo de economías emergentes en función de las innovaciones hacia el futuro.
Claudio Rama y Lydia Garrido nos trasladan al Uruguay para preguntarse como construyen las visiones de futuro los universitarios de ese país. Para abordar el tema los autores nos proponen elucidar el concepto de “futuros”, las distintas maneras de enunciarlo y las teorías que suponen.
A partir de una primera elucidación epistemológica la cuestión es saber como piensan el futuro los dirigentes de las universidades uruguayas. Lo cual a su vez lleva a preguntarse por los legados, por las herencias del pasado: la tradición de la reforma universitaria de 1928, el iluminismo, el posmodernismo. Saber quiénes se ocupan de estudiar el futuro es otro aspecto importante. Se reconoce el peso de las estructuras tradicionales, aunque surgieron diversos núcleos universitarios preocupados con el estudio del futuro.
Los autores se preguntan : “?Cómo imaginar nuevos futuros posibles despegados de la proyección o reiteración de “pasados que ya fueron” o de un “más de lo mismo”? Es necesario aprender nuevos marcos epistémicos desde donde mirar el futuro y construir nuevas estrategias” p.443
El artículo “Conocimiento y futuro” me pertenece y allí me propongo reflexionar sobre los alcances de las proyecciones que podemos hacer en el campo de los procesos educativos y la sociedad. Tomo el caso de Argentina y algunos estudios sobre el país que verifican o refutan la correspondencia entre proyectos del pasado y los resultados hasta nuestros días. Esta constatación es muy importante para relativizar la afirmación todavía frecuente de que el crecimiento económico y las desigualdades pueden resolver mediante políticas de escolarización. Esta tesis ha sido defendida por teóricos del capital humano, por desarrollistas, por liberales y marxistas. Destaquemos que durante décadas Argentina tuvo entre 1930 – 1970 una tasa de escolarización superior por encima de la media de Europa Occidental y sin embargo no pudo salir del subdesarrollo porque no supo aprovechar su capital intelectual mediante un proyecto de desarrollo inteligente. Para que el conocimiento se convierta en acción y en resultados necesitamos mucha coherencia institucional, algo que a la Argentina le cuesta conquistar.
Axel Didriksson analiza las tendencias de integración regional de la Educación Superior en la perspectiva del futuro de la UNASUR. El autor hace un balance y diagnóstico de la educación superior en América Latina. Señala el crecimiento de la escolarización y de las instituciones, con tendencia a la privatización y la mercantilización de los servicios educativos en varios países. Indica también que si bien mejoró la articulación de las universidades con las industrias y empresas, estas experiencias son limitadas. Las carreras se concentran en las áreas de ciencias sociales y hay déficit en ciencias e ingeniería. La transformación de la educación superior está pendiente.
En cuanto a los procesos de integración universitaria regional Didriksson destaca el avance de nuevas asociaciones y de programas de cooperación académica y científica. Por último, el autor describe los pasos que ha dado la UNASUR para favorecer la integración de la educación superior regional.
Edgar Jiménez Cabrera (Bolivia) analiza “La prospectiva y la gestión gubernamental en América Latina”. El autor, de la universidad Iberoamericana de Bolivia realiza una síntesis de las teorías prospectivas y de los diagnósticos para América Latina, resaltando la importancia de la transformación del Estado y de la adopción de un modelo de desarrollo con uso intensivo del conocimiento.
Rafael Serrano y Diego Suárez  de México nos hablan de “Una democracia sustantiva e incluyente para México. El porvenir de una ilusión y la ilusión del porvenir. “ El intento de estos autores se vincula nada menos que con el cambio histórico en México tensionado entre otras cosas por visiones pesimistas y por visiones utópicas que no alcanzan a expresar plenamente las posibilidades del país.
Se trata de un texto dramático y lleno de testimonios históricos, sociales, culturales donde se patentiza la crisis contemporánea y el destino del pueblo mexicano en busca de una democracia inclusiva a pesar de las graves contradicciones en las que vive. En tierra mexicana, como en otras partes, se viven situaciones radicales, profundas, donde las cifras de homicidios, de pobreza, de marginación resultan abominables. Y sin embargo se trata de una potencia económica con más de 120 millones de habitantes, con recursos naturales e inversiones significativas. ¿Cómo prepararse, como luchar para construir una sociedad y una democracia inclusiva? Esta es una visión dramática de la prospectiva en tanto herramienta para repensar el presente y el futuro.
Los autores asocian permanentemente la memoria del pasado con la proyección del futuro y nos hace recordar “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz. Podemos resumir la idea en esta frase: memoria del futuro, la historia por venir. La prospectiva de los autores se asocia con la esperanza, con la búsqueda desesperada de un destino más feliz para los pueblos de México.
Nos encontramos pues ante un libro que resume muchas ideas de Iberoamérica sobre el futuro de la sociedad y de las universidades. Encontraremos en él algunas teorías, métodos y experiencias. Por sobre todo, lo que me impresionó  fue constatar la desgarradora lucidez con que la mayoría de los analistas ven la construcción de los futuros de América Latina. Nadie garantiza nada. Transitamos caminos de incertidumbres, en la región y en el mundo. Pero descifrar, entender, las tendencias, los peligros, las posibilidades, y tener propósitos claros puede resultar decisivo en estos momentos inciertos.
Otro aspecto importante: ¿hasta donde las sociedades de América Latina están sintiendo la necesidad de inventar su futuro.?  En algunos países el trasfondo histórico es lo que configura el horizonte del futuro deseable. En otros países es un presente lleno de dramas y contradicciones lo que vuelve imperiosa la búsqueda de alternativas diferentes. Lo curioso es que las universidades, que son usinas de información y conocimientos para el futuro, tienen muy poco interés en estudios prospectivos.
Desde un punto de vista académico casi todos los autores convocados ofrecen conceptos, teorías y escenarios sobre el futuro. Pero nadie elude la incertidumbre, nadie se anima a anticipar, como lo hicieron los fundadores de las ciencias sociales a principios del siglo XIX, las características del futuro.  El siglo XX ha sido pródigo en la demolición de las ilusiones sobre el porvenir, aunque también estuvo inundado de ilusiones, de promesas y revoluciones.
Desde el punto de vista socio-políticos todos los autores manifiestan su escepticismo respecto al comportamiento de las clases dirigentes en cuanto a su capacidad o voluntad para pensar y programar un futuro con lucidez.  
De lo que deduzco que tal vez el desafío más grande que enfrenta la prospectiva en nuestros países es el desinterés que existe respecto a la necesidad de prever futuros deseables para las nuevas generaciones. Normalmente vivimos en la coyuntura en medio de crisis y desequilibrios.
Si los usos del conocimiento, como dicen muchos analistas, está determinando el futuro del planeta y de la humanidad, entonces resulta extraño que en las universidades  
Algunos pensarán que por eso no podemos planificar ni prever el futuro. Al contrario, justamente por eso necesitamos trascender las contradicciones del presente para autodeterminarnos hacia el futuro.
Ni los individuos ni los pueblos pueden vivir sin proyectos. Es decir, sí, hay muchos que viven sin proyectos, pero entonces aceptan que los actores dominantes les marquen el camino y el destino. Esta se llama alienación, heteronomía. El pensamiento prospectivo nos vincula por un lado con la voluntad de lograr la autodeterminación y por el otro lado con el deseo de construir un mundo de bienestar, de buen vivir.
Sin una visión prospectiva siempre viviremos en las coyunturas. Y contrariando a Keynes cabría decir que “a corto plazo todos estamos muertos”. Trascender nuestro presente es lo que nos permite vivir con esperanzas, es lo que nos permite vivir porque la vida es un proyecto.
La prospectiva en Argentina y en América Latina es como esos brotes que resurgen en las montañas luego de un incendio. Es el signo de una voluntad de vida que se afirma pese a todas las catástrofes. Lo que podemos decir finalmente de este libro es que nos convoca a apropiarnos de nuestros futuros. Sus reflexiones nos animan a tomar el camino de los que pese a todos los obstáculos siguen pensando que crear un mundo a la medida de las necesidades humanas es posible.







domingo, 8 de mayo de 2016

Conferencia Inauguración del Instituto Universitario Sudamericano

Dr. Augusto PÉREZ LINDO
Conferencia inaugural del INSTITUTO UNIVERSITARIO SUDAMERICANO. Montevideo, 21 de abril de 2016. 18 hs.

LA IDEA DE UNA UNIVERSIDAD SUDAMERICANA PARA EL DESARROLLO INTELIGENTE Y SOLIDARIO   


Agradezco ante todo a Enrique Martínez Larrechea y a los amigos cofundadores del Instituto Universitario Sudamericano por haberme invitado a esta disertación inaugural.  Siento que formamos parte de una América Latina que está luchando para construir una nueva “inteligencia colectiva” a fin de  alcanzar un modelo de desarrollo  inteligente, sustentable e igualitario.
Nosotros, en América del Sur necesitamos una nueva concepción de la universidad centrada en las políticas del conocimiento, en las nuevas culturas de aprendizaje  y en la transformación de la sociedad.  Esta es la idea central que me gustaría exponer.   
Algunos pensarán que no es un momento propicio, que vivimos en medio de crisis, mutaciones y contradicciones. Justamente por eso tenemos la posibilidad y la necesidad de inventar nuevos caminos para la educación y para la universidad. Podemos repensar la misión de las universidades en la perspectiva de un nuevo orden mundial. Obviamente este no es un proyecto de implementación simple. En todos los continentes han surgido nuevas escuelas y nuevas universidades. En todas partes hay pioneros. Podemos sumarnos a los que exploran el futuro o podemos contentarnos con un lugar aceptable en las estructuras convencionales. He aquí una primera disyuntiva y podemos repetir lo que decía Simón Rodríguez: “o inventamos o erramos”.
Estamos viviendo diversas mutaciones en el sistema ecológico, en los entornos tecnológicos, en el sistema económico, en las relaciones sociales, en nuestras identidades. Las ideas sobre la realidad y sobre la verdad están cambiando como correlato de los cambios objetivos que se producen en todas las dimensiones. Vamos hacia un nuevo mundo pero no sabemos cuál. Estamos en una era de incertidumbres.
La nave del conocimiento en la que viajamos hacia el nuevo mundo marcha a la velocidad supersónica produciendo más de dos millones de publicaciones científicas  y sintetizando miles de sustancias químicas cada año, multiplicando  permanentemente las innovaciones técnológicas, formando millones de personas especializadas en las distintas profesiones. Pero en el interior de la nave, en nuestras universidades, todo parece estable: aprobamos programas de estudios que duran años mientras que el conocimiento se renueva permanentemente. Nunca ha sido tan grande el desajuste entre las formaciones universitarias y las necesidades de la sociedad, el Estado y  la economía.
Muchos creen que la naturaleza humana y  la sociedad siguen siendo las mismas. Por lo tanto piensan en términos de  las teorías del siglo XX.  La mayoría de las universidades latinoamericanas siguen trabajando en horarios administrativos del siglo XIX mientras que las informaciones científicas no dejan de renovarse durante las 24 horas del día y se transmiten por Internet. Mientras que los problemas mundiales empujan hacia la construcción de una ciudadanía global, algunos siguen pensando en los términos territoriales del pasado. Las categorías del tiempo y del espacio de las burocracias del pasado siguen regulando las instituciones educativas y universitarias. La estructura del sistema educativo se rige por los criterios de edad mental y edad escolar establecidos a principios del siglo XX.  Entretanto, ya tenemos miles de jóvenes que superando esas categorías están entrando a la universidad a las edades de  12, 13, 14, 15 años. Muchos se instruyen  en sus casas por Internet. La desescolarización avanza al mismo tiempo que se amplifican los accesos a la información y a los aprendizajes.
En tanto la economía del conocimiento penetra en todos los sectores algunos siguen creyendo que el futuro depende de los recursos naturales. ¿Cuánto queda de natural en las pampas húmedas de Argentina y de Uruguay? Las semillas transgénicas, las tecnologías agropecuarias y el tratamiento de suelos han alterado todas las condiciones iniciales. Con la clonación de animales ya hemos dado un paso decisivo hacia la industrialización de la agricultura y la ganadería.   
La realidad mundial está marcada por  guerras y conflictos que involucran  a más de sesenta países de todos los continentes. También está marcada por millones de personas que sufren la pobreza y la marginación. Que escapan de las guerras o de las catástrofes ecológicas. Más de sesenta millones de personas emigran cada año en busca de trabajos de cualquier categoría. Pero las universidades siguen formando técnicos y profesionales con una visión localista.
Estamos experimentando cambios que conducen a un futuro lleno de desafíos: calentamiento  global, innovaciones biotecnológicas e informáticas, globalización de las relaciones sociales, viajes espaciales que nos inician en la colonización extra-terrestre, economía del conocimiento que compite con la economía de los bienes tangibles. Todo esto nos obliga a repensar el mundo. En nuestro caso, en el proyecto del Instituto Universitario Sudamericano necesitamos partir de una nueva idea de la universidad.  
¿Cuál es nuestro lugar en el mundo futuro? Es lo primero que tenemos que pensar. Debemos visualizar las tendencias del nuevo mundo analizando las transformaciones del presente, los escenarios del futuro. El enfoque prospectivo debe acompañarnos desde el principio si no queremos quedar atrapados en las coyunturas.
Viene bien escuchar lo que decía Don Quijote de La Mancha: “Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a estas semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas…”. Nuestra misión intelectual debería ser el fortalecimiento de  la consciencia histórica de los actores. De este modo podremos potenciar la capacidad para auto-determinarnos en función de un proyecto liberador. En términos de las ciencias cognitivas esto significaría activar nuestra metaconciencia. 
Los pueblos sudamericanos han venido luchando desde hace doscientos años por cuatro objetivos: la independencia, la democracia, la igualdad social y el desarrollo. Todos estos procesos están inconclusos. A veces privilegiamos un objetivo en desmedro de los otros y seguimos en crisis. Pero nuestra historicidad reclama una visión totalizadora de los procesos, no podemos seguir pensando de manera fragmentaria. Profundizar nuestra consciencia histórica sudamericana parece una misión coherente para el Instituto Universitario Sudamericano. Sobre todo en los momentos decisivos que estamos viviendo y que nos exigen el máximo de lucidez para la acción.  
En tanto partes de un proyecto universitario resulta coherente situarnos en los nuevos contextos del mundo para proponer una nueva concepción de la  universidad. Muchos especialistas han identificado el modelo universitario latinoamericano como profesionalista, es decir, como una fábrica de diplomas de profesiones liberales. En las últimas décadas, este perfil  monodisciplinario, profesionista, de la universidad se fue modificando con la creación de programas de posgrado, de investigación, de innovación tecnológica, de transferencia de servicios a la sociedad, de atención a movimientos sociales, empresas y organismos del Estado. A pesar de eso la función dominante sigue siendo la de formar profesionales en facultades monodisciplinarias, con programas de estudio rígidos durante más de cinco años.
En  años de 1990 apareció la idea del Modo 2 de Producción de Conocimientos con los trabajos de Michel Gibbons que ponían de manifiesto que en los centros universitarios y de investigación de las universidades destacadas del mundo occidental habían aparecido nuevas prácticas. Con programas académicos y de investigación transdisciplinarios, orientados a resolver problemas de la sociedad, con mayor reflexividad  epistemológica,  con la exigencia de rendir cuentas a la sociedad. En las sociedades post- industriales estos análisis sirvieron para potenciar los avances de las economías con uso intensivo del conocimiento.
Estas ideas fortalecieron ciertas tendencias que ya estaban en el campus  universitario. Justificaron políticas institucionales, nacionales y regionales para crear un nuevo enfoque de la universidad más centrado en la producción y aplicación de conocimientos científicos. Las universidades y las agencias de política científica se abrieron a nuevos programas interdisciplinarios, más pragmáticos, más exigentes en cuanto a la evaluación de los resultados. Se multiplicaron los programas de extensión y de transferencia hacia la sociedad. Se produjeron innovaciones pero  muchas universidades continuaron funcionando como enseñaderos credencialistas, o sea, para brindar diplomas que no siempre garantizan la empleabilidad de los graduados. De esto se queja Alan Renaut, Director del Centro Europeo de Educación Superior cuando se pregunta en un libro de 2012: ¿para qué sirven las universidades?
En América Latina  la idea del Modo 2 de producción de conocimientos circuló entre las agencias de políticas universitarias y  científicas, se discutió en variados foros y conferencias. En los hechos solo una minoría asumió la idea como un nuevo horizonte para las políticas institucionales. Sirvió sobre todo para fortalecer los programas de investigación, los posgrados y la cooperación internacional. Aspectos que tuvieron un gran crecimiento en las últimas décadas.
Sin embargo, siguió prevaleciendo el tribalismo académico, es decir, el pensamiento corporativista, profesionalista. Un ejemplo: en Argentina en medio de las innovaciones de las últimas décadas creció mucho la investigación y el posgrado, pero éste último todavía no tiene un status jurídico e institucional. La Ley de Educación Superior solo concierne la organización de carreras de grado.  No hay ni presupuesto, ni planta docente, ni claustro de alumnos de posgrado en las universidades estatales de Argentina. 
En toda América Latina también siguió prevaleciendo la atomización institucional, la feudalización de facultades y de cátedras. El índice de cooperación institucional entre universidades públicas, o entre éstas y las privadas, es muy bajo. Felizmente surgieron algunos programas de cooperación interinstitucional y transnacional, como  la Asociación de Universidades  Grupo Montevideo (AUGM) que es la iniciativa con  más éxito de cooperación universitaria regional en América del Sur. También surgieron otros proyectos en varios países latinoamericanos para reforzar la investigación y promover la cooperación internacional.
Podemos preguntarnos si nos basta con adoptar el punto de vista del Modo 2 de Producción de Conocimientos o si debemos colocarnos en otra posición. En un trabajo reciente sobre la emergencia de la sociedad del aprendizaje Joseph Stiglitz sostiene que la brecha que separa a los países ricos y de los países pobres depende del conocimiento y sobre todo de la capacidad para aprender a aplicar los conocimientos. Aquí aparece una cuestión importante: ¿basta con crear universidades, centros científicos y escuelas para mejorar las posibilidades de crecimiento? Thomas Pikety, en su libro sobre el capital en el siglo XXI, dice que no, que las estructuras del capitalismo favorecen de todos modos la desigualdad en el crecimiento y en la distribución del ingreso.
Entonces nosotros, sudamericanos, debemos pensar en estrategias que combinen el uso intensivo del conocimiento, la solidaridad social, la sustentabilidad ecológica y el desarrollo. Debemos pensar de manera más compleja, más holística, más integrada, la función del conocimiento. Esto nos lleva a la idea de una universidad ligada a un desarrollo inteligente y solidario.
En 1968 me tocó evaluar un estudio prospectivo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico en relación con la formación de recursos humanos para el desarrollo en Argentina. En ese estudio aparecía que ya en los años 60 el problema de la Argentina no era la escasez de médicos, contadores, abogados o arquitectos. Todo lo contrario. Inclusive en el área de ciencias agrarias se verificaba que casi el 75% de los agrónomos trabajaba en oficinas públicas y no en el campo. Lo que revelaba el estudio entre otras cosas era que la productividad era baja en todos los sectores de la economía y el Estado porque no se aprovechaba el potencial humano que ya existía. Lo que hacía que sobraran abogados y que no tuviéramos un sistema de justicia eficiente, que sobraran médicos y faltaran políticas sanitarias o que sobraran arquitectos y faltaran viviendas. Entre Uruguay y Argentina solamente encontramos más de 300.000 graduados de la educación superior trabajando en el extranjero.
Analizando los factores del éxito de algunos modelos universitarios  descubrí que el factor decisivo en la eficacia social de las universidades era el “modo de vinculación con la sociedad”, es decir, lo que después Michael Porter en “Las ventajas competitivas de las naciones” denominó “el despliegue de los factores”. Por ejemplo: Japón tenía cien años atrás menos posibilidades potenciales que Argentina, pero invirtió en educación y tecnología para compensar la falta de petróleo, de hierro, de territorio, o sea de recursos naturales. Argentina en cambio tenía recursos naturales abundantes pero invirtió poco en el capital humano por lo que favoreció un Estado y una clase dominante rentística. Al cabo del tiempo Japón se hizo rico y la Argentina se hizo pobre.
Si hablamos de los recursos naturales América Latina los tiene en mayores proporciones que el sudeste asiático o que China. Si hablamos del potencial intelectual también podemos decir que la región tiene en estos momentos recursos abundantes. De acuerdo a los indicadores de la Red Iberoamericana de Ciencia y Tecnología  - RICYT-  y a estimaciones propias América Latina en conjunto tenía hacia 2015 más de 24 millones de estudiantes universitarios, 800.000 profesores universitarios, unos 475. 000 investigadores científicos, 2 millones de graduados universitarios por  año, cerca de 21.000 graduados como doctores en todas las disciplinas cada año. Agreguemos a esto que más de 20 millones de asalariados en la fuerza de trabajo de la región poseen diplomas universitarios. O sea, disponemos de un poderoso cognitariado como lo denominaba Peter Drucker. Tenemos las condiciones para crear una economía con uso intensivo del conocimiento. ¿Por qué no lo hacemos?
Entre otras cosas porque la clase dirigente no tiene conciencia de las nuevas condiciones para asegurar el desarrollo a través del conocimiento.  La Universidad reproduce el modelo académico profesionalista,  el Estado emplea profesionales  como funcionarios burocráticos o punteros políticos, el sector privado invierte poco en investigación e innovación, la sociedad civil funciona con organizaciones precarias. Esto nos revela que resulta insuficiente adoptar el Modo 2 de Producción de Conocimientos. No se trata de perfeccionar o mejorar la eficiencia de las universidades. Se trata de volcarlas hacia la sociedad para provocar una transformación mediante el conocimiento. Esto requiere sin duda un cambio en la mentalidad de la clase dirigente de todos los sectores.  
Pensemos en la experiencia del Sudeste Asiático en el siglo XX que demostró la posibilidad de romper las barreras del subdesarrollo. Las universidades no se propusieron de entrada superar al Occidente en Ciencia y Tecnología. Más bien se pusieron a copiar todo lo que necesitaban asimilar inmediatamente. Y apostaron por un lado al futuro y por el otro lado a la diseminación del conocimiento en el conjunto de la sociedad: en el Estado, en las empresas, en los sindicatos, en la sociedad. Estrategia prospectiva para investigar y transferencia pragmática de los conocimientos al mismo tiempo.
Las universidades pueden convertirse en un actor central de un nuevo proceso de desarrollo. La Universidad de Berlín fundada en 1809 se  propuso colocar a Alemania en la vanguardia de la ciencia y la tecnología. Y lo logró en menos de treinta años. La Universidad China, a partir de 1980, junto con todo el aparato del Gobierno, se propuso provocar una rápida modernización del Estado, de la industria, del sistema científico-tecnológico, de la economía. Lo logró en menos de 10 años. Si el conjunto de las universidades latinoamericanas en alianza con el Estado, la sociedad civil y las empresas, adoptaran una estrategia semejante la región podría pasar rápidamente a otro estadio de desarrollo. Con esto queremos señalar que se necesita impulsar explícitamente un “nuevo modo de articulación entre los productores de conocimiento y los actores económico-sociales”. Nuevamente observamos que resulta crucial la toma de consciencia por parte de las clases dirigentes políticas, gubernamentales, empresariales, sindicales, de organizaciones sociales.
Este nuevo modelo de universidad en América Latina podríamos denominarlo el Modo 3 de Producción de Conocimientos. Adoptar este enfoque implica redefinir las políticas de investigación, de innovación tecnológica, de formación de profesionales, de transferencia de conocimientos a la sociedad. Se trata de pensar las universidades como unidades de producción científica, de movilización social, de servicios a la sociedad. Para alcanzar esta meta precisamos lograr un consenso estratégico entre las universidades, el Estado,  las empresas y las organizaciones sociales para adoptar un nuevo proyecto de desarrollo inteligente y solidario. Esto sería contribuir a la conquista de un futuro de bienestar para América Latina.
Hacia 1999 las universidades europeas, de manera autónoma y más allá de los límites territoriales iniciaron un proceso para crear un nuevo espacio europeo del conocimiento con el fin de competir con el  Sudeste Asiático y Estados Unidos.  El Proceso de Bologna partió de una situación muy parecida a la que tenemos nosotros en América Latina: mucho capital intelectual y poco aprovechamiento del mismo. Con una desventaja: la región no tiene muchos recursos naturales estratégicos. En cambio si tiene un fuerte compromiso de las empresas con la investigación y la innovación, algo que nos falta en América del Sur.
Preparar el terreno para un consenso estratégico regional en torno a un modelo de desarrollo inteligente y solidario podría ser uno de los ejes del Instituto Universitario Sudamericano. Esta misión puede realizarse al mismo tiempo que el IUSUR se ocupa de cubrir las demandas de recursos humanos altamente calificados para la educación en América Latina. Porque no es lo mismo preparar agentes funcionales del sistema educativo que formar actores y líderes para un proceso de desarrollo nacional y regional. Lo cual significa que los cursos del IUSUR para formar profesores o profesionales tienen que tener la impronta de las políticas del conocimiento.  
Tenemos que tener en cuenta además que se encuentra en curso un cambio en el modo de producción y distribución del conocimiento que tiende a descentrar o a desmonopolizar la función de las universidades como distribuidoras de saberes científicos, profesionales y técnicos. Nos encontramos ya inmersos en una nueva cibercultura que se transforma progresivamente en un sistema educativo global, virtual y gratuito. Cualquiera puede, desde cualquier lugar del planeta, acceder a los conocimientos científicos y técnicos. Las fronteras de los sistemas educativos están desbordadas. Las territorialidades también. Esta conferencia podría estar siendo seguida on line en este momento en Afganistán o en otros países con traducción  en lengua local.  
Teniendo en cuenta los cambios en el modo de transmisión de conocimientos el IUSUR debería adoptar nuevas metodologías de aprendizaje donde combinar innovaciones relacionadas con las tecnologías de la información, enfoques de aprendizaje personalizado y reflexivo, métodos de aprender resolviendo problemas y experiencias de trabajo en equipo. Es decir, no se trata de asimilarnos a la cultura de Internet sino de combinarla con virtudes de la cultura académica clásica: el aprender a pensar, el aprender a interpretar las informaciones, el aprender a compartir la resolución de problemas.
            Necesitamos un sistema curricular flexible, abierto a la globalización y a la combinación transdisciplinaria de conocimientos. Lamentablemente, las instituciones reguladoras de la educación siguen exigiendo programas rígidos, contenidos enciclopédicos y permanentes, evaluaciones individuales y memorísticas.  Al programa europeo de Bologna le llevó más de diez años imponer un currículo flexible, reflexivo, abierto, transnacional y pragmático.
El Instituto Universitario Sudamericano puede ser al mismo tiempo una usina de pensamiento estratégico para la región, una institución  capaz de crear articulaciones con la sociedad y el Estado, un agente de innovación educativa y un centro de investigación. Debemos proponernos formar individuos creativos, ciudadanos globales, comprometidos con el desarrollo inteligente y solidario de la región. Tenemos pendiente consolidar la ciudadanía sudamericana, tenemos pendiente la formación de nuevos educadores para el siglo XXI, tenemos pendiente la formación de un Estado inteligente. Son otras tantas tareas que nos recordarán  que nos convocan varias misiones para servir a nuestras sociedades.
En el relato de la Odisea  aparece que en el regreso a Ítaka, Ulises debe recurrir a su astucia para superar las amenazas que se le presentan. En algún momento los navegantes  debían precaverse del canto de las Sirenas porque podían llevarlos a un desenlace fatal o frustrar la llegada al destino. En la historia de América Latina hemos sido permanentemente desorientados por el canto de sirenas de las coyunturas, de las falsas antinomias,  de las visiones sesgadas de las cosas. Muchas veces perdimos el rumbo que la inteligencia nos dictaba porque nos obnubilamos con apariencias o ilusiones. Es hora de que nos apropiemos de nuestro futuro con lucidez. El ser humano se sostiene como especie y como civilización en cuanto tiene proyectos. Nuestro camino pasa hoy por el uso sistemático de la inteligencia a fin de resolver nuestros problemas. Servir a la liberación a través del conocimiento esta debería ser  la insignia del Instituto Universitario Sudamericano.

BIBLIOGRAFÍA
-       ALTBACH, Ph.; REISBERG, L. ; RUMBLEY, L. (2009) Trends in Global Higher Education. Tracking an Academic Revolution, Boston, Boston College
-       CLARK, B. (2011) Cambio sustentable en la universidad, Buenos Aires, Universidad de Palermo
-       GIBBONS, M. y otros (1997) La nueva producción del conocimiento. La dinámica de la ciencia y la investigación en las sociedades contemporáneas, Barcelona, Ediciones Pomares – Corredor
-       INAYATULLAH, S.; GIDLEY, J. (comps.) (2003) La universidad en transformación. Perspectivas globales sobre los futuros de la universidad, Barcelona, Pomares
-       LEHER, R. (comp.) (2010) Por una reforma radical de las universidades latinoamericanas, Rosario, Homo Sapiens
-       MARTINEZ LARRECHEA, E. ; CHIANCONE CASTRO, A. (2014) La educación uruguaya del futuro que necesitamos hoy, Montevideo, Magro
-       PEREZ LINDO, A. (1999) Política del conocimiento, Educación Superior y desarrollo, Buenos Aires, Biblos
-       PEREZ LINDO, A. (2003) Conocimiento, universidad y reconstrucción nacional, Buenos Aires, Biblos
-       RENAUT, A. (2008) ¿Qué hacer con las universidades?, Buenos Aires, UNSAM
-       SANCHEZ RODRÍGUEZ, I. ; NAVARRO LEAL, M. (2009) Educación Superior y Sociedad del Conocimiento, México, Universidad Autónoma de Tamaulipas
-       RAMA, C. (2011) Paradigmas emergentes, competencias profesionales y nuevos modelos universitarios en América Latina, México, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
-       STIGLITZ, J.; GREENWALD, B. C. (2014) Creating a Learning Society, New York, Columbia University Press
-