lunes, 19 de septiembre de 2016

Educación y conceptos filosóficos

Publicado en: Fernando Arenas; Karina Nossar,
Patricia Vieras (comps) Miradas sobre educación y cambio,
 IV Jornadas Binacionales de Educación, Rivera (Uruguay),
 2016, pp.17-22

Conceptos filosóficos para el mejoramiento de la

Formación Docente y la Enseñanza Superior
Dr. Augusto Pérez Lindo1


¿Cuáles serían los motivos para afirmar, desde el siglo XXI, que se necesitan teo-rías, enfoques o conceptos filosóficos en la educación? El primer motivo parece ser
la explosión de informaciones y de conocimientos que exige más que nunca perfec-cionar las capacidades selectivas e interpretativas, o sea, las competencias infor-macionales y hermenéuticas. Ningún educador, de cualquier nivel que sea, puede

eludir la necesidad de aprovechar y controlar el océano de informaciones que nos ponen en contacto directo con la producción cientíica de la humanidad global.

A veces un descubrimiento o un avance científico o tecnológico dependen de

nuestra capacidad para encontrar la información disponible y para aprovecharla a partir de un proyecto o de una hipótesis de trabajo. Podríamos arriesgarnos a afir-

mar que potenciando la capacidad de selección y de interpretación de informacio-nes la mayoría de las prácticas pedagógicas podrían dar un salto cualitativo.

Howard Gardner, en su libro “Las cinco mentes del futuro” (2008), sostiene que “La capacidad para reunir información procedente de fuentes dispares en un todo

coherente es hoy en día fundamental.(…) Las fuentes de información son inmensas y dispares, y los individuos reclaman coherencia y unificación” ( p. 72).
Además, agrega en otro párrafo: “Pocos individuos y aún menos instituciones tienen experiencia en inculcar la habilidad de síntesis. Y, para colmo, aún en el caso de que se busque y cultive la síntesis, nos faltan criterios para determinar cuándo se ha alcanzado una síntesis productiva (…)” (Gardner, 2008, p. 73).

Recordemos que cuando se inauguró la Universidad de Berlín en 1807, bajo la influencia de los filósofos alemanes, uno de sus principios era que los profesores

no debían transmitir lo que estaba en los libros, sino preparar a los estudiantes para pensar, para interpretar y para aplicar los conceptos fundamentales en los distintos órdenes disciplinarios. Así surgió el modelo de la universidad para investigar.

El segundo motivo para fortalecer la reflexión filosófica es, al mismo tiempo, clá-sico y actual: la necesidad de justificar o fundamentar epistemológicamente las teo-
rías que presentamos o los saberes disciplinarios desde los cuales sostenemos

esas teorías. Esto vale para las ciencias naturales y para las ciencias sociales. ¿Se trata de un mero requisito academicista?

Todos podemos constatar que los distintos campos disciplinarios se renuevan per-

manentemente. También sabemos que cambian los paradigmas. De manera más radical podemos afirmar que se modiican inclusive las ideas de la “realidad” en la economía o en la psicología, en la física o en la sociología. Si uno tiene responsabili-dades docentes, tiene que plantearse qué grado de consistencia tienen los conceptos que transmite a los alumnos. A veces se podrá constatar que el paradigma que rige un

1    Ph.D. Profesor Titular de Filosofía UBA (1986 – 2006) Profesor del Doctorado en Políticas y Gestión Univer-sitaria, UNTREF, Argentina.




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cierto campo disciplinario se encuentra en crisis. A veces, lo que hay que demostrar es que, entre dos teorías concurrentes, una parece más verosímil o eficiente.

Si nos situamos a nivel de la enseñanza básica, podemos señalar que actual-mente cualquier docente necesita ponerse al día sobre las teorías de la inteligencia,

sobre los avances de las ciencias cognitivas, sobre los criterios de demarcación entre distintas teorías de la educación. O sea, la exigencia de la reflexión epistemo-
lógica se puede encontrar en todos los niveles de la educación.

El tercer motivo que nos lleva a un análisis filosófico es el metodológico. Por un lado, porque debemos especificar las palabras y conceptos que utilizamos. Por otro
lado, porque necesitamos armar un modo de argumentación y de demostración.

Recurrimos entonces a criterios lógicos, lingüísticos, metodológicos. ¿Cuándo un método resulta más pertinente que otro? ¿Por qué elegir una palabra más bien que otra? ¿Cómo refutamos una argumentación o una teoría establecida?

El cuarto motivo por el que necesitamos recurrir a la Filosofía en la formación do-cente es el horizonte transdisciplinario. Podemos limitarnos en Psicología o Socio-logía a observaciones sobre casos individuales, pero todos sabemos que los com-portamientos humanos son transpersonales. Siempre aparece el “otro”, la relación social, la sociedad. Esto también sucede en Medicina, Psiquiatría o Bioquímica: los problemas sanitarios nos llevan a problemas vitales que nos llevan a una visión de la salud. Allí nos encontraremos que está en juego nuestra idea de la “vida”, de la “salud”, de la “normalidad”, de la “totalidad humana”.

Edgar Morin, que en todos sus libros ha tratado de ubicarnos frente a las comple-jidades del cambio de mundo, preparó un informe para la UNESCO sobre “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro” (Morin, 2001). En su primer capí-
tulo destaca las “cegueras del conocimiento” y le achaca a las instituciones educa-tivas el descuidar el estudio del conocimiento humano. Afirma que el “conocimiento
del conocimiento” debería ser la primera preocupación de los sistemas educativos.

Comparto su punto de vista. Si uno de los aspectos fundamentales del proceso educativo es la transmisión de conocimientos, los docentes de todos los niveles debiéramos tener alguna teoría básica sobre los factores y mecanismos que in-

tervienen en la construcción de los conocimientos. Y esto nos remite a la obra de
Piaget, que intentó justamente elaborar una teoría científicamente legitimada sobre los procesos cognitivos.

Desde el punto de vista pedagógico, ningún profesor puede ignorar las teorías del conocimiento porque toda enseñanza supone tener una idea del sujeto del apren-dizaje, de cómo funciona la inteligencia, de cómo se construyen los conceptos y de cómo se legitiman las teorías.

Los problemas contemporáneos se han vuelto más complejos. O, tal vez, ahora descubrimos que ya no podemos pensar el mundo con las categorías unívocas o monocausales del pasado. Los fenómenos educativos involucran hoy cuestiones culturales, sociales, antropológicas, económicas, ecológicas, políticas, psicológi-

cas. En el caso de la violencia escolar concretamente, no podemos tener respues-tas adecuadas si no recurrimos a distintos enfoques. Una actitud filosófica compre-
hensiva puede ayudarnos a entender la complejidad de ese problema.





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Para justiicar la pertinencia de los conceptos filosóficos en la educación deberíamos también interrogarnos sobre la importancia de la reflexión filosófica en el mundo presente. ¿Para qué sirve la Filosofía en el mundo actual? Yo me preguntaría también: ¿Cuál es la preocupación filosófica más importante en el momento que vivimos? No dudaría en contestar que, hoy como ayer, el problema más acuciante es encontrarle un sentido a la vida humana. ¿A dónde vamos? ¿Qué tipo de humanidad queremos lograr hacia el futuro?

Como seres humanos nos distinguimos entre otras cosas por pensar, por realizar acciones de acuerdo a fines, en fin, por crear ideas para definir nuestros compor
tamientos. Hace unos 2.500 años, ciertos pensadores griegos se dieron cuenta de que podíamos encontrar la lógica de nuestras ideas y discursos. Para ese entonces

ya existía en Grecia y en la India una disciplina que luego se denominó “Filosofía”, amor a la sabiduría. Pero los ilósofos Sócrates, Platón y Aristóteles avanzaron ha-

cia una “ciencia de las ideas” que contenía una teoría del conocimiento (Epistemo-logía), un mapa de los conceptos (Lógica), una teoría moral y otras cosas.

¿Por qué razón declinó en los tiempos actuales el análisis de las ideas? En parte porque, con el surgimiento de las ciencias particulares en la era moderna, se creyó

que cada disciplina podía explicar todo, inclusive su propio fundamento. En parte porque se atacó la pretensión ilosóica de encontrar un fundamento o un sentido a todas las cosas. El mundo es lo que es, no necesita otra justiicación. Con esta idea
se declaró la “muerte de Dios” y de la Filosofía.

En el mundo contemporáneo, además, los medios de comunicación social (radio, cine, televisión, diarios, internet) se convirtieron en “formadores de verdades”, en constructores de la “visión del mundo”, de modo que no se necesita otro saber para conocer el sentido de la vida o el estado de las cosas. Todo se volvió instantáneo, fáctico, opinable, efímero. La cultura del espectáculo, de la opinión y de la imagen nos enseña a pensar, a amar, a odiar o a comportarnos. El avance del sinsentido generó en muchas partes actitudes nihilistas, dogmáticas, violentas. Renacieron las guerras religiosas y étnicas.
¿Tiene sentido enseñar Filosofía en las escuelas y en la Universidad? ¿Se jus-tiica dar cursos sobre la teoría del conocimiento, sobre la lógica de las ciencias o sobre el sentido de la vida? En la historia de su evolución, nuestra especie inventó
la Filosofía para crear teorías sobre la naturaleza, sobre la vida o sobre las relacio-

nes sociales. La historia de los últimos cien años muestra que cuando olvidamos el signiicado de las palabras, de las ideas o de los conocimientos involucionamos
hacia estadios primitivos donde vencen los más fuertes o los más inescrupulosos.
La ilosofía tiene que ver con la lucha por darle un sentido a nuestra existencia y a nuestras relaciones sociales. Viktor Frankl, un sobreviviente de los campos de con-centración nazis, dice que lo que caracteriza la existencia humana es la creación de un sentido para vivir y para morir.

En la actualidad, muchas universidades forman médicos, agrónomos, veterinarios u odontólogos que no pueden responder a la pregunta sobre qué es la vida, a pesar de que trabajan con seres vivientes. También se forman físicos, matemáticos o quí-

micos que no tienen idea de qué es la ciencia o de los impactos que las innovaciones cientíicas provocan en el Planeta. Ciencia sin conciencia, especialistas de todas las
disciplinas que no conocen el fundamento de las mismas. Algo contradictorio, porque




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la “educación superior” supone la capacidad para justiicar los saberes que se ense-ñan y se aprenden. Algunos pensadores postmodernos dicen que no debemos inquie-tarnos, que estamos en “la era sin fundamentos”. El mundo es lo que es, y nada más.

Contra estas tendencias surgieron en todas partes alternativas. En el mundo uni-versitario, aparecieron fuertes demandas para reforzar o instalar los estudios huma-nistas, entre los cuales se encuentra la Filosofía (la “general education” en el mundo anglosajón y en universidades asiáticas, los “estudios generales” o los “estudios

básicos” en universidades latinoamericanas). También se ha experimentado exito-samente con la “ilosofía para niños” en Brasil y otros países de América Latina. En

diversas facultades de Ingeniería de Estados Unidos, Francia, Argentina o Israel se analizan problemas ilosóicos vinculados con las innovaciones tecnológicas.

Resulta interesante la experiencia de Brasil respecto a la enseñanza de la Filo-sofía. Durante la Dictadura, la materia fue eliminada del currículo escolar. En 1996,

en democracia, el Artículo 36 de la Lei de Diretrizes e Bases da Educaçao Nacional estableció que todo estudiante deberá dominar los conocimientos de ilosofía y de
sociología necesarios al ejercicio de la ciudadanía. A partir de esta decisión surgie-

ron debates sobre la manera de implementarla. El Consejo Nacional de Educación en 2006 aprobó una resolución recomendando la enseñanza de temas ilosóicos
conforme a las condiciones de cada contexto regional.

En la práctica se entendió que los temas ilosóicos servían para formar el pen-

samiento, para aprender a pensar críticamente. Por otro lado, también se entendió que, junto con la Sociología, la enseñanza ilosóica servía para formar ciudadanía. Lo interesante es que estas inalidades coinciden con las que guiaron la fundación
de la Academia de Platón y del Liceo de Aristóteles en la Grecia Clásica.

Enseñar a pensar críticamente (o sea, con fundamento cientíico) y formar ciuda-

danos conscientes, es decir, responsables como actores de una democracia, siguen siendo justiicaciones válidas para la educación actual en cualquiera de sus niveles.

En todas partes estamos en proceso de construcción de una ciudadanía global, democrática y solidaria.

Enseñé Filosofía durante más de veinte años en el Ciclo Básico Común de la

UBA, donde pude constatar, junto a muchos otros colegas, que los ingresantes pa-decen agudos déicits en sus competencias cognitivas. No aprenden a pensar en la
escuela secundaria (algo que Ivan Illich ya había constatado hacia 1970 en América

Latina). La Universidad necesita reforzar las competencias para aprender a pensar, a interpretar las informaciones, a identiicar las falacias de los distintos discursos

que circulan. En el Ciclo Básico Común se introdujo la materia “Pensamiento Cientí-ico” con temas epistemológicos para los ingresantes de todas las carreras. Los que

se orientan hacia las ciencias humanas y sociales deben, además, tomar un curso de introducción a la Filosofía. Esta experiencia constituye un progreso, pues en la mayoría de las universidades, los estudiantes ingresan directamente al estudio de materias especializadas sin saber siquiera porqué existen las ciencias.

¿Puede un docente ignorar los fundamentos del pensamiento cientíico o las teo-rías que explican el comportamiento humano o el signiicado del cambio del mundo? ¿Puede un graduado de Química ignorar el impacto de las innovaciones tecnoló-gicas y cientíicas sobre el medio ambiente o sobre el sentido de la vida humana?




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¿Puede un economista ignorar la visión de la sociedad o de la cultura y limitarse a manejar las variables de la macro y microeconomía? Todos sabemos que existen

estos profesionales que enseñan sin saber qué es la inteligencia humana, que in-ventan economías sin sociedad, psicologías sin cuerpo humano, odontologías limi-tadas a la dentadura. En algunos casos se ha demostrado que pueden ser letales.

Con distintas posiciones ilosóicas, pensadores como Viktor Frankl, Edgar Mo-

rin, Ilya Prigogine, Mario Bunge, Enrique Dussell, Alain Touraine y muchos otros han sostenido la necesidad de introducir las relexiones ilosóicas en la educación
en general y en particular en las universidades. Todos coinciden en que debemos

reaprender a pensar el mundo, a convivir con los demás, a respetar la naturaleza, a controlar los alcances de las innovaciones cientíicas y tecnológicas. Un mundo sin
pensamiento marcha hacia la irracionalidad y la barbarie. Un mundo sin valores e

ideas compartidas para construir una civilización planetaria nos conduce a un esce-nario catastróico. El calentamiento global amenaza nuestra supervivencia. Pero el
nihilismo social es todavía más amenazante para nuestra convivencia social.

Nos encontramos en un entorno paradojal: por un lado, se han devaluado los es-tudios ilosóicos y por otro lado, las creencias ecologistas, religiosas, étnicas, políti-

cas, éticas o estéticas, están operando en todos los terrenos: en los Estados, en los movimientos sociales, en las tribus juveniles urbanas, en los medios de comunicación

social. Esto revela que el sistema educativo se encuentra desarticulado respecto a la construcción de las visiones del mundo y de la vida. Los temas ilosóicos resultan,

pues, ineludibles en la formación docente y en la enseñanza en general si queremos contribuir a una sociedad futura producto de nuestras experiencias y conocimientos.
A su vez, nos encontramos en medio de una situación contradictoria: nuestra civilización actual es el resultado del progreso tecnológico, cientíico y económico,

pero se encuentra desprovista de la conciencia histórica adecuada para enfrentar la supervivencia hacia el futuro. Sobreabunda la información cientíica, pero faltan

valores para aprovechar satisfactoriamente las tecnologías al servicio del bienestar colectivo. Sobran conocimientos, pero faltan actitudes creativas y solidarias para reconstruir la sociedad.

Una de las consecuencias de la revolución informática que estamos viviendo es que, por un lado, las TIC reemplazarán las funciones de transmisión de información

por parte de los profesores y, por otro lado, obligará a reforzar las competencias re-lexivas de los docentes para enseñar a pensar, a interpretar información, a resolver
problemas, a plantear los dilemas éticos.

En los orígenes de la Filosofía, Budha propuso en la India hace 2500 años que para superar el sufrimiento y alcanzar la felicidad había que educar la mente y el cuerpo. De este modo, seríamos capaces de fundirnos con el orden del universo. Por su parte, Sócrates, por la misma época, proponía que todos los individuos fue-ran capaces de buscar en su propia conciencia las reglas del pensamiento racional para llegar a interiorizar los principios de la verdad, de la belleza y de la justicia.

En la actualidad los docentes necesitan fortalecer sus competencias para pen-sar cientíicamente y para formar actitudes de solidaridad, de cooperación. Estos

son dos cualidades fundamentales para construir una nueva ciudadanía planetaria. La enseñanza de la Filosofía puede ser uno de los medios para cumplir con estos





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propósitos. Lo importante es no olvidar que la Filosofía prepara para comprender el

mundo pero también prepara para aprender a convivir. La educación, desde siem-pre, estuvo comprometida con estos ines. Es lo que tenemos que rescatar.


Referencias bibliográicas


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Salmeron, F. (1991) Enseñanza y ilosofía. México: FCE.



sábado, 28 de mayo de 2016

Presentación del Libro "El futuro a debate"







AUGUSTO PEREZ LINDO
UNTREF. 23 de mayo de 2016. 18.30 hs.
PRESENTACIÓN DEL LIBRO “El futuro a debate. Respuestas prospectivas y estratégicas ante la incertidumbre global”, de Tomás Miklos y Margarita Arroyo (coordinadores), Editorial Limusa, México, 2016

Interpretar el presente de resulta arriesgado. Más arriesgado aún es pensar el futuro.  Por eso este libro que presentamos constituye un aporte difícil de encontrar. Tomás Miklos y Margarita Arroyo, coordinadores del libro que hoy presentamos no se acobardaron frente al desafío y reunieron  una serie de especialistas para escribir sobre  teorías, metodologías y experiencias prospectivas.
En Argentina solo conozco un núcleo de estudio sobre prospectiva regional que se encuentra en la Universidad Nacional de Cuyo. En distintas entidades públicas y privadas existen algunas experiencias. Eduardo Balbi, redactor de uno de los capítulos del libro, revisa con espíritu crítico el estado de la cultura prospectiva en América Latina llegando a conclusiones escépticas. Destaca entre otras cosas: “la ausencia de conductas de pensamiento y diseño de infraestructura para lograr una suficiente anticipación estratégica” (p.149) En suma, prevalecen las conducta reactivas que atienden las coyunturas y se descartan las actitudes proactivas, anticipatorias. Todo lo cual conduce inevitablemente a un divorcio entre la toma de decisiones y el planeamiento estratégico.
Balbi nos recuerda una frase de Charles Kettering: debemos preocuparnos por el futuro, pues allí es donde pasaremos el resto de nuestra vida”. Con menos inclinación literaria en el siglo XIX Augusto Comte, creador del positivismo, y Carlos Marx, teórico del comunismo, colocaron la visión prospectiva en el nacimiento de las ciencias sociales. Es a partir de ellos y de Saint-Simon que  las sociedades modernas se reconocen como tales porque afirman que los actores sociales pueden anticipar o planificar procesos que definen su futuro. Esto se convirtió en una de las características de la modernidad.
En la primera parte del libro encontramos varios ensayos sobre teoría y método de la prospectiva. Antonio Concheiro de México nos brinda una visión crítica sobre las posibilidades de la prospectiva. José Mojica de Colombia nos sugiere dejar de padecer el futuro para hacernos cargo de él construyéndolo. En efecto, casi siempre estamos esperando en América Latina el futuro amenazante y rara vez estamos valorando nuestras capacidades para ofrecer respuestas hacia el futuro.
Tal vez por eso tiene sentido la reflexión de Guillermina Buena Paz , de México, al presentar su trabajo: “Pensamiento anticipatorio: el futuro se construye primero en la mente”. En la misma dirección Julio Millán Bojalil, de México, hace una reflexión prospectiva en cuanto a la globalización de las conductas.
Desde España, Enric Bas nos ofrece un método para la innovación social, que enmarca en el concepto de “prospectiva participativa en contexto”.
En la segunda parte otro español, Manuel Martin Serrano, nos propone tres nuevos modos de investigar la visión del mundo. Mario Guilló, también de España, relata un estudio de prospectiva participativa tomando en cuenta las imágenes del futuro de estudiantes de Finlandia, Taiwán y España.
La experiencia del Instituto de Prospectiva, Innovación y Gestión del Conocimiento  presentada por Javier Medina Vázquez y Ana María Jaramillo, ambos de la Universidad del Valle, me parece una de las contribuciones más interesantes porque muestra lo que significa adoptar una visión de futuro cooperando entre la universidad , el Gobierno y las empresas en Colombia. El detalle de los procesos de organización de los proyectos y el análisis de resultados constituyen una guía para las universidades de América Latina que desean emprender estrategias semejantes.
Germán Escorcia en “Economías emergentes y ejes de talento” relato como el PROMÉXICO un organismos del gobierno de México desarrollaron programas para el desarrollo, retención y exportación de talentos. Para diseñar estrategias tuvieron que identificar las tendencias prospectivas en el plano nacional e internacional. ¿Cuáles serán los desafíos hacia el 2050? Explorar la formación de talentos necesarios para abordar el futuro resulta una tarea al mismo apasionante y problemática.
Hay que tener en cuenta el comportamiento de los organismos del Estado y  de las empresas. Hay que contar con las universidades para formar especialistas en temas estratégicos. Y algo de lo que no se suele hablar: como programar la exportación de talentos. La vecindad de México con Estados Unidos hace el flujo de recursos humanos forme parte de la economía y de la realidad social. Pero en otras escalas todos los países latinoamericanos padecen el “brain-drain” y la emigración de talentos. El trabajo de Germán Escorcia explora también el desarrollo de economías emergentes en función de las innovaciones hacia el futuro.
Claudio Rama y Lydia Garrido nos trasladan al Uruguay para preguntarse como construyen las visiones de futuro los universitarios de ese país. Para abordar el tema los autores nos proponen elucidar el concepto de “futuros”, las distintas maneras de enunciarlo y las teorías que suponen.
A partir de una primera elucidación epistemológica la cuestión es saber como piensan el futuro los dirigentes de las universidades uruguayas. Lo cual a su vez lleva a preguntarse por los legados, por las herencias del pasado: la tradición de la reforma universitaria de 1928, el iluminismo, el posmodernismo. Saber quiénes se ocupan de estudiar el futuro es otro aspecto importante. Se reconoce el peso de las estructuras tradicionales, aunque surgieron diversos núcleos universitarios preocupados con el estudio del futuro.
Los autores se preguntan : “?Cómo imaginar nuevos futuros posibles despegados de la proyección o reiteración de “pasados que ya fueron” o de un “más de lo mismo”? Es necesario aprender nuevos marcos epistémicos desde donde mirar el futuro y construir nuevas estrategias” p.443
El artículo “Conocimiento y futuro” me pertenece y allí me propongo reflexionar sobre los alcances de las proyecciones que podemos hacer en el campo de los procesos educativos y la sociedad. Tomo el caso de Argentina y algunos estudios sobre el país que verifican o refutan la correspondencia entre proyectos del pasado y los resultados hasta nuestros días. Esta constatación es muy importante para relativizar la afirmación todavía frecuente de que el crecimiento económico y las desigualdades pueden resolver mediante políticas de escolarización. Esta tesis ha sido defendida por teóricos del capital humano, por desarrollistas, por liberales y marxistas. Destaquemos que durante décadas Argentina tuvo entre 1930 – 1970 una tasa de escolarización superior por encima de la media de Europa Occidental y sin embargo no pudo salir del subdesarrollo porque no supo aprovechar su capital intelectual mediante un proyecto de desarrollo inteligente. Para que el conocimiento se convierta en acción y en resultados necesitamos mucha coherencia institucional, algo que a la Argentina le cuesta conquistar.
Axel Didriksson analiza las tendencias de integración regional de la Educación Superior en la perspectiva del futuro de la UNASUR. El autor hace un balance y diagnóstico de la educación superior en América Latina. Señala el crecimiento de la escolarización y de las instituciones, con tendencia a la privatización y la mercantilización de los servicios educativos en varios países. Indica también que si bien mejoró la articulación de las universidades con las industrias y empresas, estas experiencias son limitadas. Las carreras se concentran en las áreas de ciencias sociales y hay déficit en ciencias e ingeniería. La transformación de la educación superior está pendiente.
En cuanto a los procesos de integración universitaria regional Didriksson destaca el avance de nuevas asociaciones y de programas de cooperación académica y científica. Por último, el autor describe los pasos que ha dado la UNASUR para favorecer la integración de la educación superior regional.
Edgar Jiménez Cabrera (Bolivia) analiza “La prospectiva y la gestión gubernamental en América Latina”. El autor, de la universidad Iberoamericana de Bolivia realiza una síntesis de las teorías prospectivas y de los diagnósticos para América Latina, resaltando la importancia de la transformación del Estado y de la adopción de un modelo de desarrollo con uso intensivo del conocimiento.
Rafael Serrano y Diego Suárez  de México nos hablan de “Una democracia sustantiva e incluyente para México. El porvenir de una ilusión y la ilusión del porvenir. “ El intento de estos autores se vincula nada menos que con el cambio histórico en México tensionado entre otras cosas por visiones pesimistas y por visiones utópicas que no alcanzan a expresar plenamente las posibilidades del país.
Se trata de un texto dramático y lleno de testimonios históricos, sociales, culturales donde se patentiza la crisis contemporánea y el destino del pueblo mexicano en busca de una democracia inclusiva a pesar de las graves contradicciones en las que vive. En tierra mexicana, como en otras partes, se viven situaciones radicales, profundas, donde las cifras de homicidios, de pobreza, de marginación resultan abominables. Y sin embargo se trata de una potencia económica con más de 120 millones de habitantes, con recursos naturales e inversiones significativas. ¿Cómo prepararse, como luchar para construir una sociedad y una democracia inclusiva? Esta es una visión dramática de la prospectiva en tanto herramienta para repensar el presente y el futuro.
Los autores asocian permanentemente la memoria del pasado con la proyección del futuro y nos hace recordar “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz. Podemos resumir la idea en esta frase: memoria del futuro, la historia por venir. La prospectiva de los autores se asocia con la esperanza, con la búsqueda desesperada de un destino más feliz para los pueblos de México.
Nos encontramos pues ante un libro que resume muchas ideas de Iberoamérica sobre el futuro de la sociedad y de las universidades. Encontraremos en él algunas teorías, métodos y experiencias. Por sobre todo, lo que me impresionó  fue constatar la desgarradora lucidez con que la mayoría de los analistas ven la construcción de los futuros de América Latina. Nadie garantiza nada. Transitamos caminos de incertidumbres, en la región y en el mundo. Pero descifrar, entender, las tendencias, los peligros, las posibilidades, y tener propósitos claros puede resultar decisivo en estos momentos inciertos.
Otro aspecto importante: ¿hasta donde las sociedades de América Latina están sintiendo la necesidad de inventar su futuro.?  En algunos países el trasfondo histórico es lo que configura el horizonte del futuro deseable. En otros países es un presente lleno de dramas y contradicciones lo que vuelve imperiosa la búsqueda de alternativas diferentes. Lo curioso es que las universidades, que son usinas de información y conocimientos para el futuro, tienen muy poco interés en estudios prospectivos.
Desde un punto de vista académico casi todos los autores convocados ofrecen conceptos, teorías y escenarios sobre el futuro. Pero nadie elude la incertidumbre, nadie se anima a anticipar, como lo hicieron los fundadores de las ciencias sociales a principios del siglo XIX, las características del futuro.  El siglo XX ha sido pródigo en la demolición de las ilusiones sobre el porvenir, aunque también estuvo inundado de ilusiones, de promesas y revoluciones.
Desde el punto de vista socio-políticos todos los autores manifiestan su escepticismo respecto al comportamiento de las clases dirigentes en cuanto a su capacidad o voluntad para pensar y programar un futuro con lucidez.  
De lo que deduzco que tal vez el desafío más grande que enfrenta la prospectiva en nuestros países es el desinterés que existe respecto a la necesidad de prever futuros deseables para las nuevas generaciones. Normalmente vivimos en la coyuntura en medio de crisis y desequilibrios.
Si los usos del conocimiento, como dicen muchos analistas, está determinando el futuro del planeta y de la humanidad, entonces resulta extraño que en las universidades  
Algunos pensarán que por eso no podemos planificar ni prever el futuro. Al contrario, justamente por eso necesitamos trascender las contradicciones del presente para autodeterminarnos hacia el futuro.
Ni los individuos ni los pueblos pueden vivir sin proyectos. Es decir, sí, hay muchos que viven sin proyectos, pero entonces aceptan que los actores dominantes les marquen el camino y el destino. Esta se llama alienación, heteronomía. El pensamiento prospectivo nos vincula por un lado con la voluntad de lograr la autodeterminación y por el otro lado con el deseo de construir un mundo de bienestar, de buen vivir.
Sin una visión prospectiva siempre viviremos en las coyunturas. Y contrariando a Keynes cabría decir que “a corto plazo todos estamos muertos”. Trascender nuestro presente es lo que nos permite vivir con esperanzas, es lo que nos permite vivir porque la vida es un proyecto.
La prospectiva en Argentina y en América Latina es como esos brotes que resurgen en las montañas luego de un incendio. Es el signo de una voluntad de vida que se afirma pese a todas las catástrofes. Lo que podemos decir finalmente de este libro es que nos convoca a apropiarnos de nuestros futuros. Sus reflexiones nos animan a tomar el camino de los que pese a todos los obstáculos siguen pensando que crear un mundo a la medida de las necesidades humanas es posible.